OrivviLa Última Persona en Línea
Chapter 1 / 20

Capítulo 1 — La Última Señal

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A las 11:57 de la noche, el mundo todavía hacía ruido.

Millones de mensajes cruzaban océanos. Las videollamadas conectaban dormitorios, hospitales, aeropuertos y oficinas. Las discusiones crecían en las secciones de comentarios. La gente pedía comida, confesaba secretos, buscaba síntomas, veía bailar a desconocidos y se prometía dormir después de un video más.

Desde su apartamento en el piso cuarenta y dos, Nora observaba todo como puntos de luz parpadeantes.

No podía leer las conversaciones.

Solo veía el movimiento.

El sistema se llamaba Atlas, un mapa en tiempo real de la actividad de la red mundial. Cada dispositivo conectado aparecía como un pequeño pulso. Las ciudades ardían con luz blanca. Los barcos dibujaban líneas lentas sobre mares oscuros. Los aviones se desplazaban entre continentes como estrellas errantes.

Nora trabajaba durante el turno nocturno para la empresa que mantenía Atlas.

La mayoría de las noches no ocurría nada.

Una interrupción regional. Un cable submarino dañado. Un satélite que perdía contacto durante unos segundos. Problemas que parecían catastróficos en la pantalla y se volvían ordinarios cuando alguien encontraba un cable suelto, un servidor averiado o una actualización mal programada.

A medianoche, todas las luces se apagaron.

Nora se inclinó hacia el monitor.

El mapa estaba negro.

No oscuro.

No congelado.

Negro.

Solo quedaba un punto verde.

Parpadeaba sobre el edificio en el que ella se encontraba.

Nora lo observó durante varios segundos antes de susurrar:

—No.

Miró la hora.

12:00:08.

Su primer pensamiento fue que Atlas había fallado.

El segundo fue que toda la empresa la culparía.

Abrió el panel de diagnóstico.

Sistemas centrales: operativos.

Conexiones satelitales: operativas.

Red de cables submarinos: operativa.

Centros de datos regionales: operativos.

La infraestructura estaba intacta.

Los usuarios habían desaparecido.

Nora actualizó el mapa.

La pantalla se apagó por un instante y volvió.

Un punto verde.

Ella.

Un contador en la esquina mostraba la cantidad de sesiones humanas activas.

1

—Eso es imposible.

Abrió el chat de la empresa.

Veintitrés compañeros debían estar conectados. Sus nombres aparecían en la barra lateral, pero todos los indicadores de estado se habían vuelto grises exactamente al mismo tiempo.

Nora escribió:

¿Alguien más está viendo esto?

El mensaje fue entregado.

Nadie lo leyó.

Etiquetó a su supervisora.

Después, al equipo de emergencias.

Después, a todos.

Nada.

Nora tomó el teléfono y llamó a Milo, el analista que trabajaba desde otro continente. Siempre respondía antes del segundo tono, aunque solo fuera para quejarse de la llamada.

El teléfono sonó once veces.

Nadie respondió.

Llamó a su supervisora.

Luego a su madre.

Después al número de emergencias.

Todas las llamadas se conectaban.

Todas sonaban.

Nadie respondía.

El silencio del apartamento parecía volverse más pesado.

Nora se quitó los auriculares.

La ciudad continuaba iluminada detrás de las ventanas. Las torres brillaban contra la noche. Los semáforos cambiaban de rojo a verde en intersecciones vacías. Las pantallas publicitarias seguían vendiendo vacaciones, perfumes y mejores versiones de las personas que podrían haberlas estado mirando.

Pero no había automóviles en movimiento.

No se oían voces en los balcones vecinos.

Ningún avión atravesaba el cielo.

Nora caminó hasta la puerta principal.

Se detuvo con la mano sobre la cerradura.

Era absurdo tener miedo del pasillo. Lo había recorrido miles de veces. La alfombra desgastada, las luces de seguridad, el letrero de la salida de emergencia: nada había cambiado.

Excepto, tal vez, todo el mundo.

Abrió la puerta.

—¿Hola?

Su voz recorrió el corredor y regresó más pequeña.

El apartamento de enfrente estaba abierto.

El señor Valez nunca dejaba la puerta abierta. Comprobaba la cerradura tres veces cada vez que salía, incluso si solo iba a recoger una entrega.

Nora se acercó lentamente.

Dentro sonaba una canción.

Sobre la cocina, una olla de agua hervía con violencia. El vapor cubría la ventana cercana. Un cuchillo descansaba junto a medio limón cortado.

—¿Señor Valez?

No hubo respuesta.

Su teléfono estaba sobre la mesa, con la pantalla encendida.

Una videollamada seguía activa.

Al otro lado, una habitación vacía.

Nora retrocedió.

Las puertas del ascensor se abrieron detrás de ella con un suave sonido.

Se dio la vuelta.

El ascensor estaba vacío.

La luz del interior parpadeó una vez.

La pantalla indicaba el vestíbulo.

Después, el número cambió.

42

Su piso.

Nora no lo había llamado.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Entró rápidamente y pulsó el botón del vestíbulo.

Mientras descendía, observó los números sobre la puerta.

41.

40.

39.

En el piso 31, el ascensor se detuvo.

Las puertas se abrieron.

Había una bolsa de compras en el suelo. Varias naranjas habían rodado por la alfombra. Una todavía se movía con suavidad, como si alguien hubiera dejado caer la bolsa apenas unos segundos antes.

No había nadie.

Las puertas se cerraron.

Nora se apoyó contra la pared.

Cuando llegó al vestíbulo, el puesto de seguridad estaba vacío. Una silla giraba lentamente detrás del escritorio. En uno de los monitores, seis cámaras mostraban las entradas, los pasillos, el estacionamiento y las zonas de servicio del edificio.

No había personas.

Las puertas principales se abrieron automáticamente.

Entró aire frío.

Nora salió.

Un autobús se había detenido en medio de la avenida con todas las puertas abiertas. Las luces estaban encendidas, pero los asientos estaban vacíos. Dos automóviles permanecían en una intersección con los motores en marcha. Una bicicleta estaba caída de lado, y la rueda trasera todavía giraba.

Un perro ladró desde algún edificio cercano.

—¡Hola! —gritó Nora.

La palabra cruzó la avenida.

Nadie respondió.

Sacó el teléfono y comenzó a grabar.

—Me llamo Nora Vale. Son las doce y catorce de la madrugada. Estoy en el distrito central. No sé qué ha ocurrido, pero no puedo encontrar a nadie.

Su rostro parecía pálido en la pantalla.

—Si ven esto, respóndanme. Envíen cualquier cosa. Una palabra. Una ubicación. Solo díganme que están ahí.

Publicó el video en todas las redes a las que podía acceder.

La carga se completó de inmediato.

Cero visualizaciones.

Nora regresó a Atlas.

El mapa todavía mostraba una única conexión humana activa.

Abrió la información detallada.

Ubicación del usuario: Distrito Central.

Cantidad de dispositivos: 4.

Confianza de identidad: 99,98 %.

Usuario probable: Nora Vale.

Debajo apareció una frase que nunca había visto antes.

No se detecta ninguna otra actividad humana.

Nora la leyó tres veces.

Una notificación sonó en su teléfono.

Durante un segundo imposible, el alivio superó todo lo demás.

Alguien había respondido.

Tomó el dispositivo.

El mensaje provenía de una antigua cuenta familiar.

La foto de perfil mostraba a un joven bajo la luz del sol, con una mano levantada para cubrir la cámara. Cabello oscuro, ojos cansados y la sonrisa torcida que Nora todavía veía en sus sueños.

Emil.

Su hermano.

Emil llevaba muerto dieciocho meses.

Su cuenta había sido archivada la semana siguiente al funeral. Nora había elegido personalmente la fotografía final. Nadie podía iniciar sesión. Nadie podía enviar mensajes desde allí.

Sin embargo, un círculo verde brillaba junto a su nombre.

En línea ahora.

Las manos de Nora comenzaron a temblar.

Apareció un nuevo mensaje.

Nora, si estás leyendo esto, el Silencio ha comenzado.

Dejó de respirar.

Tres puntos aparecieron debajo del mensaje.

Emil estaba escribiendo.

Entonces llegó el segundo mensaje.

Pase lo que pase, no respondas cuando llamen a la puerta.

Desde algún lugar sobre la ciudad vacía llegó un zumbido mecánico y distante.

Después, alguien golpeó las puertas de cristal del vestíbulo.

Tres golpes lentos.

Nora levantó la mirada.

No había nadie afuera.