Capítulo 2 — Tres Golpes
6.1 min read
Disclosure: Orivvi may earn a commission from this recommendation at no additional cost to you.
Nora no se movió.
Las puertas de cristal del vestíbulo estaban a menos de diez metros, reflejando la recepción vacía, el puesto de seguridad y su propia silueta inmóvil.
No había nadie afuera.
Aun así, el sonido había sido inconfundible.
Tres golpes lentos.
No era el ruido accidental de algún objeto arrastrado por el viento. Tampoco el metal contrayéndose por el frío. Alguien —o algo— había golpeado el cristal deliberadamente.
Nora bajó la mirada hacia el teléfono.
El mensaje de Emil continuaba en la pantalla.
Pase lo que pase, no respondas cuando llamen a la puerta.
El círculo verde junto a su nombre todavía indicaba que estaba conectado.
Nora escribió con los dedos temblorosos.
¿Quién está en la puerta?
El mensaje fue entregado de inmediato.
No hubo respuesta.
Lo intentó otra vez.
Emil, ¿dónde estás?
Aparecieron tres puntos.
Después desaparecieron.
Nora esperó.
No llegó nada.
En el exterior, la avenida seguía inmóvil. Las puertas del autobús permanecían abiertas. Los automóviles abandonados continuaban con los motores en marcha en la intersección. Sus faros iluminaban el asfalto vacío.
Una forma pasó detrás de uno de ellos.
Nora levantó la cabeza.
Había algo cerca del autobús.
Avanzó hacia el cristal, pero se detuvo.
Al principio creyó que era una persona agachada detrás del vehículo. La figura parecía alta y delgada, aunque las farolas deformaban todo en sombras alargadas.
—Nora.
La sangre se le heló.
La voz venía del exterior.
Una voz de mujer.
Conocida.
—Nora, abre la puerta.
Su madre.
Nora se movió antes de poder pensar.
Cruzó la mitad del vestíbulo y se obligó a detenerse.
El cristal reflejaba su rostro aterrorizado.
Su madre vivía a cientos de kilómetros.
Nora la había llamado hacía menos de quince minutos.
Nadie había respondido.
—Nora, por favor.
La voz era exactamente igual.
No solamente parecida. Tenía la misma ligera aspereza, la misma forma cuidadosa de pronunciar su nombre, la misma suavidad que su madre usaba cuando trataba de ocultar el miedo.
Nora miró a través del cristal.
No había nadie.
—¿Mamá?
La palabra escapó de su boca antes de que pudiera contenerla.
El teléfono vibró con violencia.
Un nuevo mensaje de Emil llenó la pantalla.
Te dije que no respondieras.
Las luces del vestíbulo se apagaron.
Nora soltó un grito ahogado.
Durante varios segundos, la única iluminación llegó de la calle y del teléfono que sostenía.
Entonces se encendieron las luces de emergencia, cubriendo el vestíbulo con un débil resplandor rojo.
Al otro lado del cristal había aparecido algo.
Una figura humana estaba frente a las puertas.
Su rostro permanecía oculto en la oscuridad.
Nora retrocedió.
La figura levantó una mano.
Tres dedos tocaron el cristal.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
—Nora —dijo la voz de su madre—. Tienes que dejarme entrar.
Nora retrocedió hasta chocar con el puesto de seguridad.
Las puertas estaban cerradas. Podía ver la luz roja en el panel de acceso.
La figura apoyó la palma contra el cristal.
Donde la mano tocó la superficie, el vidrio se empañó desde afuera.
En la condensación aparecieron lentamente unas palabras.
RESPONDISTE
Nora se cubrió la boca.
La figura bajó la mano.
Después se desplazó hacia un lado.
No caminó.
Se desplazó.
Su cuerpo permaneció completamente erguido mientras se deslizaba por delante del cristal sin dar un solo paso. Pasó junto a la entrada y desapareció detrás del muro de piedra.
Nora contempló el lugar donde se había desvanecido.
Un sonido suave llegó desde atrás.
El ascensor emitió un aviso.
Las puertas se abrieron.
La cabina estaba vacía.
En el suelo, en el centro del ascensor, había un teléfono.
La pantalla estaba encendida.
Nora lo reconoció de inmediato.
La esquina rota. La funda negra. La pegatina descolorida de un pequeño planeta rojo.
El teléfono de Emil.
Ella lo había sostenido en el hospital después de su muerte.
Lo había guardado en una caja con sus llaves, su reloj y la ropa que llevaba aquella noche.
La caja todavía estaba en su apartamento.
Cuarenta y dos pisos por encima de ella.
Nora no se acercó.
El teléfono comenzó a sonar.
El sonido resonó por todo el vestíbulo.
En la pantalla apareció el nombre:
NORA LLAMANDO
Su propio número.
Nora miró el teléfono que sostenía.
No estaba realizando ninguna llamada.
El timbre se detuvo.
Un mensaje de voz comenzó a reproducirse desde el dispositivo de Emil.
Al principio solo se oyó estática.
Después, Nora escuchó su propia respiración.
No la respiración actual.
La grabación era más tenue y acelerada, acompañada por alarmas distantes.
Su propia voz habló.
—Si encuentras esto, no confíes en Atlas.
Nora se aferró al borde del escritorio.
El mensaje continuó.
—Pueden usar voces. Pueden usar recuerdos. Pueden parecerse a cualquiera que hayas perdido.
Un impacto violento interrumpió la grabación.
Su voz grabada susurró:
—Ya están dentro.
El mensaje terminó.
Nora observó el ascensor vacío.
Las luces de emergencia parpadearon.
Abrió Atlas en su teléfono y actualizó el mapa.
El resultado seguía mostrando un único usuario humano activo.
1
Pero debajo del contador había aparecido una segunda cifra.
Conexiones sin clasificar: 47
Nora la pulsó.
Cuarenta y siete puntos rojos latían por toda la ciudad.
Uno se encontraba directamente sobre su edificio.
Otro ascendía por los pisos.
Abrió la vista del edificio.
El punto rojo pasó por el décimo piso.
Después por el undécimo.
Luego por el duodécimo.
Estaba dentro del hueco del ascensor.
Subiendo hacia ella.
Nora miró la cabina abierta frente a sí.
El teléfono de Emil continuaba en el suelo.
El indicador sobre las puertas mostraba que el ascensor no se había movido.
Sin embargo, algo estaba subiendo.
Piso 19.
Piso 20.
Piso 21.
Su teléfono vibró.
Emil había enviado otro mensaje.
Toma mi teléfono. Contiene la primera llave.
Nora escribió:
¿De verdad eres tú?
La respuesta llegó inmediatamente.
Pregúntame algo que solo Emil sabría.
Nora pensó en cientos de recuerdos.
Cumpleaños. Discusiones de infancia. Escondites secretos. La última conversación que habían tenido antes de su muerte.
Entonces recordó la noche del funeral.
Algo que nunca había contado a nadie.
Escribió:
¿Qué puse en tu ataúd?
Aparecieron los tres puntos.
El punto rojo pasó del piso 30.
Emil respondió:
Nada. No pudiste obligarte a acercarte.
Los ojos de Nora se llenaron de lágrimas.
Era verdad.
Todos creían que había colocado una carta junto a él. Su madre incluso le había dado las gracias.
Pero Nora se había quedado fuera de la sala, incapaz de entrar.
Solo Emil podía saberlo.
O algo con acceso a sus recuerdos.
El punto rojo llegó al piso 40.
Nora corrió hacia el ascensor y tomó el teléfono de Emil.
En cuanto sus dedos lo tocaron, todas las pantallas del vestíbulo se encendieron.
Los monitores de seguridad. Los paneles publicitarios. La pantalla de acceso. Incluso el pequeño televisor detrás del escritorio.
Todas mostraban la misma imagen.
Nora de pie en el vestíbulo.
Grabada directamente desde atrás.
Se dio la vuelta.
No había nadie.
Sin embargo, en cada pantalla una figura oscura estaba a pocos centímetros de su espalda.
Su cabeza se inclinaba hacia su oído.
La voz de su madre susurró desde los altavoces:
—Deberías haber abierto la puerta.
Nora gritó y corrió hacia la escalera.
El punto rojo llegó al piso 42.
El piso de su apartamento.
Entonces se detuvo.
Una nueva notificación apareció en el teléfono de Emil.
No era un mensaje.
Era un video en directo.
La imagen mostraba el pasillo frente al apartamento de Nora.
La puerta estaba abierta.
Alguien permanecía dentro.
Una mujer entró lentamente en el encuadre.
La madre de Nora miró directamente a la cámara.
Sonrió.
Después, con la voz de Emil, dijo:
—Vuelve a casa, Nora.