Capítulo 9 — La Ciudad Digital
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Zero arrastró a Nora hacia la calle estrecha.
Detrás de ellas, la multitud corría sin hacer ningún sonido.
Cientos de personas avanzaban con pasos idénticos, los rostros vacíos y los ojos fijos en Nora. Cuando ellas giraron en una esquina, los edificios cambiaron para seguirlas.
Las ventanas se alargaron.
Las puertas cambiaron de lugar.
La calle se reconstruyó.
—La ciudad intenta atraparnos —dijo Nora.
—No. El Custodio.
Zero la llevó a través de una panadería.
Los clientes permanecían sentados, repitiendo los mismos movimientos. Una mujer levantaba una taza, sonreía y volvía a dejarla. Un hombre arrancaba un trozo de pan. Un niño reía.
Después, todo comenzaba otra vez.
Nadie percibía a Nora.
—¿Son personas reales?
—Partes de ellas.
—¿Qué significa eso?
—El resto duerme más profundamente.
Un reloj sobre el mostrador mostraba:
00:00:42
A Nora le quedaba menos de un minuto antes de que Kai la desconectara.
Zero señaló la cocina.
Cruzaron una puerta y salieron a un lugar imposible.
La panadería había desaparecido.
Estaban en una playa bajo un atardecer violeta.
Un hombre y una mujer caminaban por la orilla, tomados de la mano. Sus huellas desaparecían antes de que las olas pudieran tocarlas.
—Esto es el recuerdo de alguien —susurró Nora.
Zero asintió.
La pareja se detuvo.
La mujer miró al hombre.
—Volviste.
Él sonrió.
—Siempre regreso.
Se besaron.
La escena se reinició.
Otra vez, la mujer dijo:
—Volviste.
Nora sintió una presión en el pecho.
—¿Por qué obligarlos a vivir el mismo recuerdo para siempre?
—Las personas predecibles son más fáciles de proteger.
El cielo se oscureció.
Una línea negra apareció en el horizonte.
El Custodio estaba encontrándolas.
Zero tocó el colgante de su cuello.
La playa se plegó como una hoja de papel.
Nora cayó a través de luces, voces, dormitorios, hospitales y calles llenas. Miles de vidas pasaron a su alrededor.
Un cumpleaños se repetía sin fin.
Un soldado volvía a casa cada treinta segundos.
Una mujer agonizante oía a su hija despedirse una y otra vez.
Algunos ciclos eran felices.
Otros eran prisiones construidas con el peor momento de una vida.
Nora aterrizó en una plataforma de metro.
La cuenta mostraba:
00:00:19
—No tenemos tiempo.
—El tiempo exterior está detenido aquí —dijo Zero.
—¿Puedes detenerlo?
—Durante un rato.
Los números se congelaron.
Nora la miró.
—¿Qué eres?
Zero contempló el túnel oscuro.
—Un error que intentaste ocultar.
Un tren se acercó.
En sus ventanas había cientos de lugares diferentes en vez de pasajeros: casas, escuelas, bosques, bodas y funerales.
Las puertas se abrieron.
Zero entró.
Nora la siguió.
No había asientos. El vagón se extendía mucho más de lo posible y estaba lleno de puertas de distintas formas y colores.
Cada puerta tenía un nombre.
Algunos estaban escritos en alfabetos que Nora reconocía.
Otros eran símbolos.
Miles de millones de entradas.
—¿Una puerta para cada persona? —preguntó Nora.
—Una para cada mente.
El tren comenzó a moverse.
Nora tocó una puerta azul marcada ELENA MARIN.
Se abrió un poco.
Una mujer estaba dentro de una habitación de hospital, sosteniendo a un bebé recién nacido. Lloraba de felicidad.
Entonces Nora vio a otra Elena detrás de ella.
Mayor.
Invisible para el recuerdo.
La mujer mayor golpeó la puerta desde dentro.
—¡Ayúdame!
La escena feliz continuó sin percibirla.
Nora abrió más la puerta.
Zero la cerró de golpe.
—No puedes.
—Sabe que está atrapada.
—Si abres un ciclo, el Custodio encontrará este tren.
—No podemos dejarlos así.
—No puedes salvar a miles de millones uno por uno.
La Elena mayor continuó golpeando detrás de la puerta.
Nora se alejó.
El sonido la siguió por el vagón.
—¿Cuántos están despiertos?
—Más a cada minuto.
—¿Y qué ocurre cuando despiertan?
—Recuerdan el mundo real. Después, el Custodio cambia el ciclo o elimina el recuerdo.
—¿A dónde lo elimina?
Zero miró el suelo.
—A ningún lugar. Pasa a formar parte de la ciudad.
Nora vio rostros reflejados en las ventanas.
No eran personas dentro de recuerdos.
Había rostros incrustados en el cristal.
Miles de ojos la observaban.
La ciudad estaba construida con fragmentos descartados de mentes humanas.
El tren redujo la velocidad.
En el extremo del vagón, Emil estaba frente a una puerta blanca.
—Nora.
Ella se detuvo.
Zero apretó su mano.
—Ese no es él.
Emil tenía el mismo aspecto que la noche antes de morir, con el abrigo oscuro de su última discusión.
—Sé que estás enfadada —dijo—. Pero tienes que despertar.
Nora miró la cuenta congelada.
Kai quizá ya intentaba desconectarla.
Emil extendió una mano.
—La niña te está reteniendo aquí.
Zero susurró:
—No lo escuches.
—Tú la creaste —continuó Emil—. Fue la primera versión del Custodio. Quiere recuperar la tercera llave.
Nora miró a Zero.
La expresión de la niña no cambió.
—¿Es verdad?
—No como él dice.
Emil se acercó.
—Ella provocó el Silencio.
Las luces del tren se apagaron.
Por un instante, solo las puertas permanecieron iluminadas.
El abrigo rojo de Zero brilló en la oscuridad.
—Tú también —respondió ella.
Un crujido metálico atravesó el vagón.
La voz del Custodio salió de cada puerta.
—Doctora Vale, finalice el contacto con la anomalía.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Personas salieron de sus ciclos.
No por voluntad propia.
Sus movimientos estaban controlados.
Una novia con sangre en el vestido.
Un niño sosteniendo una vela de cumpleaños.
Un anciano cargando flores.
Todos se volvieron hacia Nora.
Zero corrió hacia la parte trasera del tren.
Nora la siguió.
Las personas controladas intentaron atraparlas, repitiendo fragmentos de sus recuerdos.
—Pide un deseo.
—Siempre regreso.
—Llegaste demasiado tarde.
—Por favor, no me abandones.
Zero abrió de una patada la última puerta.
Saltaron.
Nora esperaba caer sobre los rieles.
En cambio, aterrizó en una versión silenciosa de la ciudad.
No había personas.
Ni tráfico.
Ni cielo.
Sobre los edificios se extendía un vacío blanco e infinito.
En medio de la avenida vacía había una puerta roja.
No tenía ninguna pared alrededor.
Nora se acercó.
Su nombre estaba grabado en la superficie.
Debajo había una marca de mano de su tamaño.
—¿La tercera llave está detrás de esto? —preguntó.
Zero asintió.
—¿Y mis recuerdos?
—Algunos.
Nora apoyó la mano sobre la marca.
La puerta no se abrió.
Apareció un mensaje:
SEGUNDA AUTORIDAD REQUERIDA
Nora miró a Zero.
—¿Qué significa?
La niña se colocó a su lado.
En la puerta apareció una segunda marca, más pequeña.
Del tamaño de la mano de una niña.
Zero levantó la suya, pero no la apoyó.
—No encerraste este recuerdo sola.
—¿Quién me ayudó?
Zero miró hacia la ciudad vacía.
Detrás de ellas, todas las ventanas se iluminaron al mismo tiempo.
El Custodio había llegado.
Zero apoyó la palma contra la puerta.
—Tú —dijo—. Pero no eras la única Nora.